Llegó Antón hasta el Convento de los Carmelitas Descalzos donde se conservaban varias obras suyas y pidió al superior del convento que fuera acogido como hermano lego. Una vez en el convento Antón contó lo ocurrido tanto en su vida, como su anterior desaparición y destino último. Resultó que fue hecho prisionero en tierras africanas, allí trabajó en casa de un rico musulmán en la que tuvo ocasión de conocer a la hija del mismo; de la que quedó enamorado perdidamente. Llegada la ocasión, lograron huir juntos y trasladarse a la Península. A pesar de esconderse para que nadie descubriera su paradero una noche se presentaron en la casa seis hombres de a caballo armados, los cuales sin mediar palabra l
Muy acongojado quedó el padre superior al conocer tan penosa historia. Pasaban los días y el bueno de Antón trabajaba en el convento tallando un retablo para la Virgen de las Angustias. Realizó unos angelitos llorosos que reflejaban en la cara un espantoso dolor. Aquellos preciosos rostros plenos de amargura, eran el vivo retrato de sus chiquillos en la noche que se los arrebataron, siendo colocados a los pies de la Virgen. Una vez terminado el retablo, no habrían pasado dos días de la bendición, cuando Antón desapareció de una vez y para siempre; sólo dejó una nota, en la que explicaba su decisión de marcharse de allí y de Jaén, pues no podía soportar por más tiempo la contemplación de aquellas dos figuras que le recordaban a sus hijos.
fotografías del archivo fotográfico Seturja